Todos los santos lunes…

Es lunes y otra vez comienza la semana. El reloj de la pared me anuncia que es la una y cuarto, la hora exacta para tomarme ese colectivo que me llevará a destino. Camino de prisa, todos están apurados, yo también, es muy normal salir de casa a la hora justa.

En la terminal me encuentro con un montón de gente cargada de bolsos, todos están ansiosos por viajar, menos yo. Mi mal humor es tan evidente que la gente me lo hace notar.

Aunque el viaje es breve, para mí es eterno. Finjo que leo, pero los libros son tan aburridos que hacen que me quede dormida. Todo es tan repetitivo, que sin conocer a los pasajeros, ya sé exactamente en que van a dedicar su tiempo. Algunos leen, otros escuchan música, la mayoría duerme.

Al bajar, dos cuadras me esperan para llegar a destino. Una charla con Graciela, y con Ivana hacen que el recorrido sea más ameno. Graciela me cuenta de todo, sobre todos, a veces le sigo la conversación, otras me disperso, finjo que la escucho, y me pierdo mirando el paisaje que está alrededor.

Al llegar me encuentro con Esther, la señora del quiosco. Me cuenta de la cantidad de fotocopias que tiene que hacer. Conversamos sobre el día que me espera, nos espera, y entonces, es costumbre comprarle un fantoche triple de chocolate.

Es temprano, miro el reloj y recién son las dos y veinte de la tarde. Las clases con suerte empiezan a las tres y media. A veces charlo con todos, otras con nadie, prefiero sumergirme en la biblioteca a leer o simplemente revisar algún libro de las estanterías. Borges, Cortázar, Oliverio son algunas de las tantas opciones posibles. Son las tres y llega con todo su optimismo la inocente Merlina, la más pequeña. Sus aires de niña burguesa, le impiden ver la realidad del mundo. A veces no se que odiar más, si su positividad o que deje la puerta abierta. ¡¡HOLAAA!!, ¡¡QUEE HERMOSOOO DIAAA!! ¿COMO ESTASSSSS?  No sé porque tanta felicidad, es lunes. Un día se lo pregunté y me dijo: – con todo lo que me pasó, prefiero ver la vida de otra manera, para que amargarse, hay que ser feliz. Al rato se asoman por la puerta unos lentes negros, es Selene, siempre con buena onda, con su celular en mano dispuesta a contarnos sobre sus salidas del fin de semana. Con el equipo del mate en mano llega Joana, deja las cosas sobre la mesa y se dirige muy rápidamente con Selene a calentar agua.

Después llega Priscila, y nos cuenta que se cortò el flequillo. Me lo cortè demasiado corto, ¡crisis!, – dice. Nabila, Jesica y se suma por último Elisabet, “Isa”. La más grande del curso, sus aires de superioridad son los que más me molestan. Ella siempre lo sabe todo, su palabra es santa. Con sus pelos al viento, està dispuesta a dejar todo en el salón para salir corriendo a fumarse un cigarrillo.

Yo empiezo a pasear por los pasillos, me aburre quedarme en el salón, me voy a fuera y mientras me sumo al ritual de Isa y Nabila, veo a Ana, nuestra profesora cerrar la puerta del auto. La verdad es que daría cualquier cosa para no entrar a clases, preferiría estar en el terreno desocupado de enfrente, sacar una manta y tomarme unos mates en el sagrado solsito. Pero lamentablemente no puedo hacer eso, que todos empiecen a hablar sobre lo que había que hacer hoy, me hace olvidarme del sol y del aire libre. Entro, me siento y con pocas ganas saco las cosas para la materia. Nadie habla, es muy lunes, todas estamos en silencio.

¿Pudieron leer los apuntes que dejé?, – pregunta Ana. Sí, yo los leí, – responde Isa. Siempre comprometida con la materia. Con las fotocopias subrayadas de todos los colores, se escucha un:- yo también los leí, de Merlina. El resto estamos un poco perdidas, quizás, alguna otra haya leído o visto algo, recién comienza la semana.

Es la hora del recreo. Las cinco y media de la tarde. Me voy a la vereda donde siempre está todo el mundo. Ahí veo a los chicos de historia que nunca tienen clases, seguramente les faltò algún profesor. ¿Será Eugenia, o tal vez Luis?. Las fotocopias de “Literaturas Antiguas” me esperan en la fotocopiadora “Punto norte”, a tres cuadras del instituto. Mejor que sea lejos, así puedo dispersar mi cabeza. Camino rápido, muy rápido mientras el solsito me da en la cara, no quiero perderme la clase que sigue. Al final, como siempre, me perdí todo el recreo y entonces llego al aula y ya tenemos clases. Un conjunto de fotocopias del texto argumentativo me esperan, mejor dicho, nos esperan. Nadie habla, todas estamos cansadas. Por suerte la hora pasa rápido. Muy rápido.

Selene saca de su bolso su espejo, y su labial rojo. Se maquilla, se peina, nos avisa que faltan veinte minutos para que la clase termine. Nabila disimuladamente empieza a guardar sus cosas en su pequeña mochila, yo empiezo a mirar la ventana pero no veo nada, solo un pasillo oscuro, y una triste canilla. A veces, de vez en cuando, veo pasar algún que otro cargar agua para el mate. Es un pasillo triste, no dice nada. Pero es muy recurrido.

Ahora si es la hora de irse, pero quizás, no todos nos podamos ir. Teniendo en cuenta que viajo, es demasiado temprano para irme, todavía falta màs de media hora. Me dirijo con toda mi paciencia a la entrada del instituto, ahí unas largas mesas llenas de estudiantes haciendo todo tipo de actividades me hacen compañía. La hora no pasa. Me aburro, me aburro demasiado. Voy afuera, vuelvo, empiezo a recorrer el enorme pasillo, y miro cada aula, cada mesa, cada silla. Todos están clases.

Ahora si, es la hora, por fin me puedo ir. Las dos cuadras me esperan y entonces, otra vez, empieza el recorrido que me llevarà de vuelta a casa…

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